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Destruir la economía para salvarla

Richard W. Rahn

Publicado 20 de octubre 2015

The Washington Times


Los reguladores se encariñan con el daño que crean sus reglas

Si una frase resumió la guerra de Vietnam, fue esta: “Tuvimos que destruir la aldea para salvarla”. Los de la clase política en Washington no han aprendido nada, pero quizás es más acertado decir que a muchos no les importa si sus propuestas y acciones políticas causan más miseria que beneficio. El 29 de septiembre, el Congreso celebró una audiencia sobre las normas propuestas por el Buró de Protección Financiera del Consumidor (CFPB) que es probable que destruya gran parte de la industria de pequeños préstamos y llevarían a las manos de los usureros a muchas personas de bajos ingresos con riesgo crediticio. Las reglas CFPB son tan costosas que la mayoría de los prestamistas probablemente se queden sin trabajo por la intención del gobierno.

La industria de los préstamos pequeños ha sido criticada por cobrar tarifas altas y por utilizar agresivas prácticas de cobro. El problema es que es costoso prestar dinero a las personas de riesgo crediticio; si la regulación gubernamental no permite a las empresas legítimas obtener un beneficio razonable serán los del mercado negro los únicos que les prestarán a los pobres. Tal como le señaló el representante Jeb Henslaring, presidente del Comité de Servicios Financieros de la Cámara, al director CFPB Richard Cordray: “Estos son precisamente los préstamos que muchos necesitan para mantener sus servicios públicos sin que les sean cortados, y para mantener su coche andando para, a la vez, poder mantener sus puestos de trabajo”. El Sr. Cordray no tenía respuesta en cuanto a cómo los pobres obtendrán los préstamos bajos que necesitan una vez él haya aniquilado a los prestamistas legítimos.

El nuevo Reglamento de la Ley de Cumplimiento Tributario de Cuentas Extranjeras del Servicio de Rentas Internas (IRS) han hecho ambas tan caras y, en muchos casos, imposible para los estadounidenses que viven en el extranjero que obtengan cuentas bancarias en los países donde viven. El nuevo IRS y las regulaciones “conozca a su cliente” del Tesoro también han hecho que sea muy costoso o imposible para los trabajadores de bajos ingresos en los países extranjeros en todo el mundo, el envío de remesas a sus familias en sus países de origen. El daño que estas regulaciones harían ha sido obvio para muchos de nosotros que hemos estado escribiendo sobre el tema en los últimos años. Los funcionarios de IRS y del Tesoro de la administración han sido insensibles y mezquinos al destruir la capacidad de millones para obtener los servicios bancarios que necesitan, sin ofrecer alternativas legales y de bajo costo. El presidente Obama ha dejado en claro su intención de acabar con la industria del carbón y otras de combustibles fósiles. Los resultados son que los costos de energía se están elevando y que cientos de miles de trabajadores en estas industrias están perdiendo sus puestos de trabajo, y que serán las personas de bajos ingresos las que sufrirán los costos innecesariamente altos de la energía. Incluso por las propias estimaciones de la administración, si todas las propuestas del presidente fueran ejecutadas por ley, la temperatura del planeta solamente se reduciría dos centésimas de grado Celsius a finales de siglo. Reducir así el bienestar de millones – y la destrucción de la aldea económica – sin prácticamente ningún beneficio, es el colmo de la arrogancia política.

Un nuevo informe publicado la semana pasada por la Fundación de Políticas del Calentamiento Global, de la autoría del ex delegado del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, Indur Goklany, exige una reevaluación del dióxido de carbono. Dijo Goklany: “El dióxido de carbono fertiliza las plantas, y las emisiones de los combustibles fósiles ya han tenido un efecto enormemente beneficioso en los cultivos, con aumento de los rendimientos de por lo menos 10 a 15 por ciento”. Se estima que el efecto de fertilización por dióxido de carbono ha aumentado el valor de la producción mundial de cultivos en cerca de $140 billones por año. Otros investigadores han demostrado que la tierra se ha vuelto más verde en las últimas décadas, en gran parte debido al aumento de dióxido de carbono. Al mismo tiempo, renombrados investigadores en temas solares han proporcionado pruebas de que es probable que el rendimiento (output) del sol pueda pasar por una de sus caídas cíclicas en las próximas décadas. Todavía hay demasiadas incógnitas para hacer conclusiones firmes acerca de los efectos compensatorios en la temperatura global por el aumento de dióxido de carbono y la disminución de la luz solar. Pero es claramente irresponsable destruir gran parte del potencial de crecimiento económico y hacer daño a las personas con el fin de beneficiar a las generaciones futuras, que pueden ser, o no ser, afectadas negativamente por el cambio climático. Y porque debido a la evolución tecnológica y al aumento en los ingresos, en el futuro estarían en mejor posición para hacer frente a los cambios negativos. Por último, me llamó la atención el hecho de que durante el debate del Partido Demócrata la semana pasada, nadie señaló el gran riesgo del aumento de la deuda pública global como porcentaje del producto interno bruto como un riesgo importante. Tenemos encima ya la crisis de la deuda y sólo está empeorando. Los habitantes de Grecia ya han sufrido la disminución de un tercio de su ingreso per cápita como consecuencia de la crisis de la deuda y equivocada regulación financiera. Esta crisis se extenderá por todo el mundo en los próximos años. Debido a la excesiva deuda, la economía puertorriqueña se está contrayendo rápidamente. Sin resolver primero la crisis mundial de la deuda, no habrá los recursos para hacer frente a cualquier tipo de clima futuro u otros eventos catastróficos, tales como una epidemia global. La clase política, en su ansia de poder y control, está en el proceso de destruir la “aldea económica” global, mientras que afirma falsamente que la está salvando. Richard W. Rahn es investigador principal en el Instituto Cato y presidente del Instituto para el Crecimiento Económico Global.

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