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China y Taiwan

Dr. Eduardo Morgan Jr.

Febrero 2008

El 12 de enero pasado hubo elecciones parlamentarias en Taiwan. En ellas, el partido del Presidente Chen Shui Bian, el Progresista Democrático, que aboga por la independencia de Taiwan y por participar como Estado Independiente en las Naciones Unidas, sufrió una derrota catastrófica a manos del Kuomintang, partido que apoya la política de una sola China. Éste obtuvo 81 miembros de una legislatura de 113 miembros,  contra sólo 27 del Partido del Presidente. Fue tan vergonzosa la derrota que a Chen Shui Bian no le quedó otra salida que aceptar la responsabilidad de semejante descalabro electoral y renunciar a la jefatura de su partido.

El resultado de las elecciones demuestra a las claras que el pueblo chino de Taiwan no quiere la independencia por la que abogaba el Presidente Chen. Por el contrario, desea estrechar los lazos con la China continental hasta llegar a la total reunificación, dentro del ofrecimiento que le ha hecho el gobierno de la Republica Popular de “una sola China y dos sistemas”, similar a lo ocurrido con Hong Kong hace algo más de diez años. 

Los taiwaneses podrán conservar su sistema de economía de mercado y el sistema democrático que han adoptado hace muchos años, hecho que goza de las simpatías de Estados Unidos.

La recuperación de Taiwan es el último eslabón en la larga lucha del pueblo chino para completar la reunificación de los territorios que le fueron ocupados por las potencias coloniales que obtuvieron grandes ventajas y enormes provechos, en el siglo XIX y en los inicios del siglo pasado. Hong Kong se reintegró a la soberanía china en 1997 y Macao en 1999.

Arrebatada en 1895 a China por Japón, Taiwan retornó a China en 1945, concluida la segunda guerra mundial. En 1949 el derrotado gobierno de Chiang Kai-shek – el Kuomintang, se refugió en la isla con su ejército y  estableció en Taipei su nueva capital, siempre con el argumento de que representaba a toda China. La guerra fría determinó que Estados Unidos se convirtiera en el protector de Chiang Kai-shek,  y sus poderosas fuerzas navales lo resguardaron de una eventual invasión del gobierno legítimo. Además, usó su  influencia en las Naciones Unidas para mantener la ficción de que el Gobierno de Taipei representaba a toda China, impidiendo así que la República Popular ocupara su lugar en la organización mundial. Sin embargo, el 25 de Octubre de 1971, por decisión de la mayoría de la Asamblea General, Taiwan fue expulsada de la Organización y China pasó a ocupar el lugar que legalmente le corresponde. Sin desproteger a Taiwan, Estados Unidos estableció relaciones diplomáticas con China, reconoció oficialmente el principio de una sola China, limitó sus relaciones con Taiwan a simples relaciones comerciales y aboga desde entonces por una reunificación pacífica.

Resulta difícil concebir que en los 57 años transcurridos desde aquel 1 de Octubre de 1949, cuando Mao Zedong, victorioso en la guerra civil,  proclamó el renacimiento de su país, empobrecido y desarticulado por más de un siglo de penurias, por la  descomposición interna, por ocupaciones y por las viles explotaciones extranjeras –recuérdese la guerra del opio-,  la China  ha sido finalmente reconstruida sobre  las bases de su milenaria cultura y de la fuerza espiritual de su pueblo para volver a brillar como una gran Nación, en beneficio del pueblo chino y de la humanidad. Es difícil creer, repetimos, que esa profecía de Mao sea hoy una realidad y que China haya renacido como uno de los países más importantes e influyentes del planeta. China es,  hoy por hoy, la potencia que no solamente predica respeto por la soberanía de todos los países, sino que la pone en práctica con una política absoluta de no intervención y unas relaciones comerciales enmarcadas dentro del principio de beneficio muto sin tratar de aprovecharse de su gran riqueza y de su enorme poderío económico para explotar a los países débiles.

Las elecciones de enero marcaron el inicio de la cuenta regresiva para la reincorporación pacífica de Taiwan y anticipan el momento cuando todo el mundo se unirá al pueblo chino y a su gobierno para celebrar ese acontecimiento. Dentro de este proceso inexorable, Panamá no debe ser un mero espectador sino que está obligada, por razones históricas, a contribuir a dicha reincorporación pacífica. Recordemos que, de los países de América, fuimos los últimos en obtener la total  independencia cuando  los Tratados Torrijos- Carter eliminaron  el enclave norteamericano ubicado en el centro de nuestro territorio y las bases militares que herían la dignidad y asfixiaban a nuestro país. China contribuyó a ello con su activa participación en la histórica reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, en la ciudad de Panamá en 1973 cuando por conducto de su representante, Huang Hua, manifestó públicamente su apoyo a las posiciones del gobierno de Panamá. Los Estados Unidos se vio obligado a vetar la resolución que condenaba su presencia en Panamá, lo que dio pie para que nuestro Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Antonio Tack, resumiera en una frase histórica el sentimiento que prevalecía en la sala: “Estados Unidos vetó el proyecto de resolución en apoyo de la causa panameña, pero el mundo entero vetó a los Estados Unidos.

Por todo lo anterior resulta difícil comprender que los hijos de Omar Torrijos y Gabriel Lewis, dos de los principales responsables de la negociación y posterior ratificación de los tratados que completaron nuestra independencia, aquéllos que ascendieron el último peldaño de la lucha generacional, no hayan aprovechado todavía su posición como encargados de la diplomacia panameña para reconocer a la verdadera y única China, y, en cambio, permiten que Panamá todavía forme parte del cada vez más reducido grupo de países subdesarrollados que, por intereses puramente crematísticos, mantienen el anacronismo histórico y jurídico de reconocer a la isla de Taiwan como representante de los más de mil millones de chinos.  

Todavía es tiempo de rectificar y el momento es ahora cuando el pueblo de Taiwan ha mandado al mundo tan claro mensaje.

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